Crónica: Lo que nos quitó y dejó María

Texto y fotos exclusivas por Brenda A. Vázquez Colón *

Ocean Park. Zona acaudalada cerca de la playa. Fotos Brenda Vazquez

Como a las 2:00 a.m. comenzaron los vientos huracanados que se veían desde mi balcón moviendo con agresividad las ramas de los árboles. Eran tan potentes que temí que se rompiera el “sliding door”,  cada vez se sentían con más fuerza y fueron constantes como hasta las 8:00 a.m. A esa hora no culminaron, se sintieron hasta la tarde, pero con fuerza de tormenta y no de huracán. María parecía que no quería dejarnos y nos preguntábamos cuándo esta pesadilla iba acabar. Vi como poco a poco iba desapareciendo el mangle frente a mi apartamento, que ahora luce como si se hubiese quemado, solo quedan ramas secas sin hojas.

La devastación sin precedentes en Puerto Rico, es mucho más aterradora que las plantas que vi volar. Cuando pudimos salir todo estaba destruido y las calles estaban bloqueadas por los árboles y postes caídos, pero en ese momento no tenía idea de la magnitud de los destrozos de María. Gracias a Dios mi hogar permaneció intacto, muy diferente a las miles de familias que perdieron su hogar.  Poco a poco los vecinos comenzaron a salir y los rostros de terror eran evidentes.  Sin luz eléctrica, pero lo peor fue la falta de comunicación con mis familiares. Poco a poco supe de mis padres, hermana, hijastra, la familia de mi esposo y amigos, ¡todos estaban bien! En casa, yo, mi esposo Jaime y mi perrita Kahlúa, preparados para estar muchos días sin luz. Con agua, alimentos, estufa de gas y un refrigerador sin carne, pero atestado de hielo que me duró una semana.

Dos días después salí a ver a mi madre y lo que vi por el camino fue impresionante. Puestos de gasolina completamente destruidos y carreteras sin paso con postes de cemento rotos como si fueran lápices. Ventanas, maderas, tormenteras y hasta pedazos de paredes en cemento que volaron, además de verjas en el suelo y autos enterrados por la naturaleza. Recordé  el huracán Hugo en el 1989 que ocasionó  autos virados e inundaciones que destruyeron miles de viviendas. Este huracán fue aún más devastador, María había dejado sin acceso a muchos pueblos y familias que permanecieron literalmente con el agua hasta el cuello durante días y más días, sin agua para beber ni comida.

“El panorama cambió, comenzamos a conocernos y a disfrutar de la compañía de cada persona cercana, olvidando lo antisocial que somos cuando tenemos un celular en la mano”

El gobierno rápidamente se movilizó pero los recursos no daban a basto. Los primeros días fue impresionante la generosidad del boricua que se desbordó por salir a la calle con machete en mano para remover escombros y abrir paso. Los vecinos a quien casi no conocía, se comenzaron a reunir a diario para comenzar a cocinar los alimentos que pronto se dañarían por la falta de electricidad para luego compartirlos. Todos aportamos lo que teníamos e improvisamos una cocina a la intemperie. Sacamos sillas y las charlas en las noches se convirtieron en nuestro diario vivir. El panorama cambió, comenzamos a conocernos y a disfrutar de la compañía de cada persona cercana, olvidando lo antisocial que somos cuando tenemos un celular en la mano.

Las mascotas socializaron y cada noche la tertulia cambiaba de tema. Hicimos chistes, historias y hasta recordamos películas, novelas y comerciales del pasado, a la vez que disfrutábamos de una copa de vino y aperitivos. Esta simpatía y generosidad se vio en todos lados, en los comercios que comenzaron a abrir poco a poco y en quienes caminaban por las calles buscando en qué ayudar. Luego llegué un poco más lejos en mi auto,  a ver a mi padre que rápidamente me abrazó y sonrió cuando llegue sin avisar.

El pecho se me infló de orgullo por la humanidad que demostró el puertorriqueño que se vio repartiendo café en las filas y brindándole agua a los guardias que dirigían el tránsito y a los trabajadores encargados de arreglar los servicios de agua potable y energía eléctrica. Aunque el corazón del boricua mantuvo su esencia, la desesperación comenzó a aflorar como en toda crisis. La basura se comenzó a acumular causando pestilencia, la gente comenzó a desesperarse buscando agua, alimentos y hielo. La situación se complicó con filas que comenzaron en una o dos horas para convertirse en esperas desesperantes de entre cinco y ocho horas para conseguir gasolina y diesel. La a falta de combustible ha sido un caos. Los hospitales cerrando por la falta del preciado combustible, los hogares de ancianos sin luz y los comercios comenzaron a abrir en área metropolitana por ratos por la falta de gasolina.

Esto también causó que la ayuda humanitaria de FEMA, países vecinos, deportistas y personalidades del medio artístico, se acumulara en los muelles por falta de combustible y de camioneros que pudieran llegar a trabajar. A esto se le suman los saqueos y  la cantidad de personas de las islas vírgenes albergados por el paso de Irma.  En San Juan ya hay bancos, restaurantes y supermercados abiertos, pero el panorama sigue siendo desolador en las zonas rurales y costeras donde reina el desasosiego, la destrucción y la falta de recursos de todo tipo. La ayuda va llegando lentamente y cientos de funcionarios y militares llegaron al país con ayuda de los Estados Unidos. Gracias a Dios poco a poco se va viendo mejoría.

“María me quitó el mangle, trabajos temporeros, dinero, teléfono, la gasolina y por nueve días el hielo y el agua fría, pero también me trajo cosas positivas”

En mi hogar acaba de llegar la luz porque vivo en una zona rodeada de bancos, importantes oficinas, estadios y centros comerciales a los que les han dado prioridad para restablecer la economía. Soy afortunada como pocos (el 5 % de la población) y ahora me concentro en ayudar a otros de la manera que pueda, con muy poca gasolina. ¡Si hubiera gasolina podría hacer más, pero estoy limitada! Comencé hacer hielo para llevarle a mi madre y recibo familiares para que puedan cargas sus celulares y darse un baño, ya que también tengo agua, mientras un 60% de la población no. Y a comencé a ver los periódicos y la televisión. Las imágenes son horribles. Cada vez que las veo se me llenan los ojos de lágrimas al ver tanta necesidad.

María me quitó el mangle, trabajos temporeros, dinero, teléfono, la gasolina y por nueve días el hielo y el agua fría, pero también me trajo cosas positivas. ¡Nunca se llevó mi paz! Aprendí que tengo más confianza en Dios que lo que yo pensaba, porque mantuve una tranquilidad que todavía no me explico. Aprendí que se puede vivir con lo esencial, que si mi familia y amigos están bien lo demás no importa, que se puede disfrutar de los vecinos que son quienes están en momentos de emergencia y que una buena charla es mucho mejor que Facebook. Aunque siempre doy gracias,  ahora me siento más bendecida y agradecida que nunca. Creo que la sacudida de María nos hacía falta para humanizarnos y valorar lo que real, lo importante. Más que nunca ahora estoy disfrutando las pequeñas cosas de la vida como un baño caliente, un vaso de agua fría, un café recién hecho, una camita cómoda y el calor de la gente. Puerto Rica esta devastado y aunque tardará mucho su recuperación, se levantará más sabio y fuerte que nunca. Estamos en proceso de remodelación. Desechando lo malo y abriendole paso a una nueva infraestructura física y espiritual.

 

 

*Brenda Vázquez es una periodista que reside en Puerto Rico con su esposo y su perrita Kahlúa

 

 

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