El Pacto de la Habana

Por Iria Puyosa *
Desde el inicio del año 2013, la crisis política, provocada por la imposibilidad de que Hugo Chávez se juramente para un nuevo período presidencial que debe iniciarse constitucionalmente este 10 de enero, ha sido vivida por los venezolanos como una guerra comunicacional asimétrica.
La noche del 2 de enero a los rumores, ya consuetudinarios, sobre la gravedad en el estado de salud del presidente Chávez, se sumó la información de que el vicepresidente Nicolás Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello se estaban reuniendo en Cuba para acordar el curso de la transición política.

En medio de la desinformación, los venezolamos que usan Twitter (más de 3 millones de cuentas activas), bautizaron el acuerdo como el Pacto de La Habana. Aún sin conocerse detalles de lo conversado entre Cabello, Maduro, Raúl Castro y la familia Chávez, los venezolanos dieron por hecho que el Pacto de La Habana marcaría el inicio de un proceso de transición política. Sin que existiera información oficial al respecto, basándonse en información filtrada, parcial y no corroborable, los venezolanos comenzaron a acostumbrarse a la idea de que Hugo Chávez no se juramentaría el 10 de enero y que Diosdado Cabello sería reelecto presidente de la Asamblea Nacional, cargo desde el cual asumaría el rol de hombre fuerte del proceso chavista en la ausencia del presidente.

Así el sentimiento de resignación ante un curso inexorable de los acontecimientos comenzó a ser instalado entre los venezolanos, sin que los dirigentes de la Unidad Democrática pudieran dar respuesta contundente, puesto que cualquier declaración sin ninguna información oficial era exponerse a un error político. Así, el chavismo tenía ventaja para ganar la primera batalla.
No obstante la desventaja comunicacional, la Mesa de la Unidad Democrática, a través de su coordinador Ramón Guillermo Aveledo, dio una declaración políticamente atinada en la cual establecía cuatro puntos discursivos básicos para enfrentar la crisis política y empezar el proceso de transición: 1) El derecho de los ciudadanos venezolanos a la información sobre el estado de salud del presidente Chávez; 2), la responsabilidad de gobierno en el mantenimiento de la traquilidad de la nación; 3) el respeto a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela como base para resolver el problema del inicio del período constitucional con un presidente ausente; y 4) el diálogo político nacional para superar democráticamente los desafíos de crisis. Ramón Guillermo Aveledo fue un vocero impecable, con el tono justo para expresar la gravedad del momento político, sin estridencias ni extremismos.
Lo cierto es que Ramón Guillermo Aveledo le hablaba al gobierno nacional y los responsables de las instituciones del Estado, no le hablaba a la mayoría de los venezolanos. A pesar de su crucial rol en la conformación de la MUD, más de la mitad de los venezolanos no reconocen Ramón Guillermo Aveledo al verlo en televisión.
En términos de comunicación política, era necesario que un líder de la alternativa democrática reconocido por la mayoría del pueblo venezolano le hablara al país.
Henrique Capriles

Henrique Capriles

El ex-candidato presidencial Henrique Capriles debió aparecer ante las cámaras ese día, aunque fuera para dar un mensaje de optimismo ante el inicio del nuevo año. Su ausencia fue un error político. Tampoco se vieron los otros líderes de la alternativa democrática como Leopoldo López, Pablo Pérez, Henri Falcón, María Corina Machado y Andrés Velásquez. No hubo liderazgo para el pueblo opositor, cercado por los rumores y la desinformación.

Por el contrario, el oficialismo usó a diario los medios gubernamentales y las cadenas nacionales para presentarse como unido en torno al liderazgo del presidente Chávez, alglutinando así a las bases chavistas.
El 5 de enero, en el acto de instalación de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello anunció al país en cadena nacional lo que ocurriría el 10 de enero. El diputado Cabello presentó la tesis de la continuidad administrativa que hacía innecesaria la juramentación del presidente Chávez para el nuevo período constitucional, advirtió que no se declararía ausencia temporal y recalcó que Chávez está de permiso por tiempo indefinido. Más importante aún, toda la puesta en escena del acto de la instalación de la Asamblea Nacional fue pensada para comunicar la hegemonía chavista, con su simbología bolivariana, su sincretismo ideológico popular y la presencia de la milicia. Las voces de los diputados de la Unidad Democrática fueron silenciadas, con los gritos de las barras y con el uso (y abuso) de la limitación del tiempo de las intervenciones. Diosdado Cabello se presentó a sí mismo como el hombre fuerte de la transición. Fue un golpe telepolítico: 5 días antes del inicio del período constitucional se anunciaba con detalles como sería la violación de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. El comentario en Twitter fue “el golpe ha sido televisado”.
Finalmente, el 8 de enero, Henrique Capriles le habló a los venezolanos. En un estilo llano, cuyo destinatario era el pueblo (chavista y opositor), Capriles recalcó que la vía para superar la crisis estaba clara en el texto constitucional y que el diálogo político serviría para resolver los detalles conflictivos. Capriles advirtió al liderazgo del oficialismo que no se acataría la vía de facto que amenzaba con imponer Diosdado Cabello y también puntualizó que el liderazgo democrático no sería cómplice de un baño de sangre sacando al pueblo a la calle a protestar. Fue un buen discurso.
Habría sido un excelente discurso de haber sido comunicado al país el 4 de enero, antes de la instalación del nuevo período de sesiones de la Asamblea Nacional. Pero, el 8 de enero, la agenda pública ya estaba marcada por el golpe anunciado tres días antes por Diosdado Cabello. La pregunta en el aire para el liderazgo democrático era la formulada en la rueda de prensa por la periodista de CNN: ¿Qué haría el liderazgo opositor cuando el 10 de enero el oficialismo tomara la vía de facto? Henrique Capriles no tuvo una buena respuesta para esa pregunta.
Mientras tanto, vía SMS, redes de líderes locales y medios comunitarios, el oficialismo convocaba al pueblo chavista a juramentarse el 10 de enero porque “Chávez es el pueblo”. ¿Y la otra mitad del pueblo venezolano a qué estaba siendo convocada? No había respuesta a esa pregunta.
Presidente de la Asamblea Diosdado Cabello

Presidente de la Asamblea Diosdado Cabello

En el campo de las relaciones internacionales, la dirigencia de la Unidad Democrática se movió mejor. Eso se dejó entrever en las reticencias ante lo que ocurriría en fecha de la juramentación mostradas por representantes de otros gobiernos latinoamericanos. Es probable que haya habido comunicaciones extraoficiales entre el gobierno venezolano y gobiernos de otros países. Eso explicaría porqué en la sesión del 9 de enero, el vicepresidente Maduro solicita formalmente ante AN diferimento de juramentación del presidente Chávez. Cuatro días antes, Diosdado Cabello había dicho que no había ninguna razón para que Chávez se juramentara el 10 de enero.

Además, en esa sesión la Asamblea Nacional debatió la crisis política. La solicitud de ese debate presentada 4 días antes por la diputada María Corina Machado había sido negada. Los discursos del día fueron erráticos, sin una línea política clara y con un lenguaje que da muy mala imagen de la dirigencia política venezolana. Fue un debate sin consecuencias fácticas. Pero, consta en acta que hubo oposición y eso cuenta para la historia.
La presión internacional generada por las comunicaciones de la MUD también debe haber sido lo que forzó a que el Tribunal Supremo de Justicia se pronunciara sobre la interpretación del artículo 231 de la CRBV. La sentencia de la Sala Constitucional (que no firma ningún magistrado como ponente principal sino que aparece como conjunta) da un barniz de legitimidad a lo ya anunciado por Diosdado Cabello el 5 de enero. Si el oficialismo hubiese estado en una posición políticamente más cómoda se habría ahorrado esa sentencia, cuyo costo político tendrá que pagar algún día.
¿Habría cambiado la historia del 10E si el liderazgo de la Unidad Democrática hubiese tenido un discurso que movilizara a todos los venezolanos? ¿Si hubiese tenido un discurso para el pueblo chavista que quiere creer que Chávez volverá vivo a Venezuela? Incógnitas que quedan sin respuesta.
Lo cierto es que en la noche del 9 de enero faltó un discurso del liderazgo democrático que uniera simbólicamente a los venezolanos indignados con el golpe a la Constitución y a los ansiosos por saber el verdadero estado de salud del presidente Chávez. Del otro lado, los fieles al oficialismo durmieron con la convicción de que asumirían el poder el 10 de enero en una toma de posesión simbólica en la cual ellos encarnan a Hugo Chávez.
En estas primeras batallas de 2013, el chavismo va ganando la guerra comunicacional asimétrica. Con el control de las instituciones del Estado y con el mito en gestación. Y con el manejo del rumor, la desinformación, las cadenas nacionales, el sistema de medios gubernamentales y las redes locales. Del lado de la alternativa democrática, un discurso a la defensiva, voceros desarticulados, mensajes contradictorios y un pueblo que no encuentra como conectarse con sus líderes.
Iria Puyosa/Foto cortesía

Iria Puyosa/Foto cortesía

*Profesora Universidad Central de Venezuela PHD Universidad de Michigan
Fotos: Cortesía
Columna proporcionada por la autora.

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