El Rey resucitado

No puedo imaginar el dolor que deben haber sentido las mujeres que fueron a la tumba de Jesús aquel día. No solo el hecho de haberlo visto morir de una forma tan cruel e injusta, pero encima de eso, ¿Que se hayan llevado el cuerpo? ¡!

Angustia, desesperación y quién sabe cuántas cosas más. Su maestro amado ni siquiera estaba donde lo habían puesto. Pero. ¿quién robó el cadáver? Ellas pensaban en eso pues aquella era una práctica común en esos tiempos. Cuán lejos de la realidad.

Jesús había sido crucificado y en su cruz pusieron el letrero “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. En Juan 19:19 el apóstol indica que fue escrito en tres idiomas de ese tiempo. Allí estaba a la vista de todos, para enojo de los religiosos de ese tiempo, que querían que Pilatos enmiende eso y ponga que el se autodenominaba “rey”. Pero la autoridad romana les dijo “lo que he escrito, he escrito”. Esto, que cumple las distintas profecías en el Antiguo Testamento, sellaba la verdad. El Rey, aquel esperado Mesías, había llegado, pero con un reino sumamente distinto al que los judíos esperaban. No era un político que los vino a libertar de Roma, era el Hijo de Dios que apenas una semana antes honraban con palmas al entrar en Jerusalén con gritos de Hossana, Hossana.

Qué profunda tristeza. Pareció haber vencido la muerte. Sin embargo, esa tumba vacía es la manifestación ¡más gloriosa y fundamental de todos los tiempos! La corona de espinas que le desfigura el rostro se convirtió en una corona eterna de un Dios que está vivo e hizo lo que el Padre le envió a hacer: a comprarnos por un precio altísimo, pagando en la cruz nuestros pecados, aún más, convirtiéndose él mismo en pecado y recibiendo la maldición. “No había nada hermoso en él” dijo proféticamente Isaías (53:2) al describir ese sacrificio cientos de años antes.

Pero ya no estaba allí. Su cuerpo glorificado, aún con las señas en las manos, fue levantado de entre los muertos, venciendo así al último enemigo (Romanos 6:23).

Sin la resurrección, no hay evangelio. Sin la resurrección, no hay esperanza. El Rey Jesús venció y nosotros tenemos solo dos elecciones, creerlo o no. Experimentar el ser perdonados, o no. Porque aquella victoria solo se convierte en una victoria personal si decimos “sí” a la obra de la cruz por medio del arrepentimiento y la confesión (decirlo con nuestra boca) de este hecho. Esa vida eterna es nuestra por la fe. Ninguna otra fe o religión tiene un Dios vivo.

¿Es este Rey, tu rey?

 

 

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